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Cuando inicié la investigación de mi historia familiar, allá por el mes de octubre del año 2010, no sabía por donde empezar y que hacer, desconocía por completo quienes fueron mis bisabuelos, y tenía muy poca información de mi abuelo paterno, quien falleció con cuarenta y ocho años de edad, unos días después de que mi padre cumpliera los doce años.

Tanto mi padre como yo siempre nos hemos preguntado por el origen de nuestro patronímico “Rabáez”, un apellido nada común, y la respuesta la encontré entre los miles de expedientes matrimoniales y padrones custodiados en los archivos eclesiásticos y municipal de Sevilla.

Lo primero que hice para comenzar la investigación genealógica fue conseguir información a través de fuentes de tipo oral y documental.

Las fuentes de tipo oral son las que recibimos a través de la comunicación con nuestra familia; padre, madre, abuelos, tíos, primos, bisabuelos. Hay que tener en cuenta que estas fuentes podrían ser inexactas en cuanto a fechas de nacimientos, bautizos, matrimonios, defunciones, lugares de origen y oficios, sin embargo, pueden contener mucha otra información que no estará contenida en los documentos oficiales, y que te pueden servir como pista para el inicio o progresión de la investigación familiar.

Es muy importante hablar con los familiares de mayor edad, son una fuente inagotable de información de la memoría histórica de la familia, es una gran suerte tenerlos.

Las fuentes documentales, por su parte, son las que se pueden encontrar en medios escritos. Cuando hayas agotado todos los recursos para investigar verbalmente, debes usar este recurso, te valdrán para confirmar la información recibida y además te aportarán nuevos datos que con suerte te llevarán a los tiempos de Cervantes.

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